Son innumerables las implicancias que tiene el advenimiento de un proceso electoral, y este en particular, ya que está en disputa el sillón presidencial.
Voy a destacar dentro de esas implicancias, las económicas y sociales.
En primer lugar, todo aquel candidato que se precie como tal, debe tener conformada una estructura de relaciones y poder de considerable magnitud como para intentar pertenecer al grupo de los “tres con más chances”, para que la prensa lo tenga en cuenta y llegar a una cantidad mayor de potenciales electores. Debe tener, además, un detallado estudio de los sectores sociales y económicos del país como para poder actuar en consecuencia y no morir en el intento; es cierto, no se puede quedar bien con Dios y con el Diablo, pero ellos se las ingenian para hacerlo.
Teniendo en cuenta esto, analicemos un caso concreto: el comportamiento del actual Gobierno, que tiene como candidata a Cristina Fernández de K.
Le guste o no le guste, la recuperación de la actividad económica luego de la crisis de 2001/02, fue producto, principalmente, de las leyes económicas y no de la correcta o incorrecta intervención del Estado.
El proceso devaluatorio trae consigo en un primer momento altos costos asociados a los profundos cambios estructurales y de comportamiento de los agentes (para los economistas, la balanza en forma “J”). Luego, moderada intervención mediante, las variables micro y macroeconómicas comienzan a ajustase.
En los años subsiguientes, la mera razón nos diría, que ante la inminencia de una recuperación, fundamentalmente en ciertos sectores ligados a la exportación, y luego, mediante la vinculación y la interdependencia en las cadenas de producción, la economía argentina comenzaría a moverse. Como consecuencia de ello, la función principal del Gobierno, debería haber sido preparar el terreno (planificar) para que la población en su conjunto pueda verse beneficiada de tal recuperación.
El tiempo pasó; el dólar alto hace que seamos competitivos en el mundo, los precios internacionales para nuestros principales productos son favorables, y con ello, el superávit fiscal y comercial se incrementó llegando a valores record, y por ende, la recaudación del Estado, los salarios de los trabajadores “en blanco” se incrementaron por decreto (¿y los del resto?), pagamos la deuda con el FMI (pero emitimos más deuda para que nos la compre Chávez), en fin, parece que las cosas han marchado bien.
Pero lamento decepcionarlos. Como dice el dicho, “la mentira tiene patas cortas”. Pasaron tan sólo cuatro años, y hace ya algún tiempo que los síntomas del “cortoplacismo” se vienen sintiendo.
Los precios de los bienes básicos, como alimentos, vestimenta, educación y salud privada, alquileres de inmuebles, etc. etc., es decir, los que alcanzan al común de la gente, están en valores tan altos que hacen que cualquier tipo de incremento salarial deje tener efecto sobre el poder de compra, y además, dato tan importante como este, que deja latente la llamada “espiral salario-precio” y las posibles repercusiones sobre las expectativas inflacionarias.
Otra cuestión pasa por la paulatina reducción del superávit fiscal del Gobierno, otra de las claves que comienza a agotarse, debido principalmente a dos cuestiones: los gastos electorales (patético clientelismo y asistencialismo político) comienzan a aumentar de manera considerable, y el volumen de las importaciones, a causa de la falta de planificación de la crisis energética, siguen por el mismo camino de incremento.
Como consecuencia de ello, las prioridades para ir logrando una correcta redistribución de ingresos, es decir, de manera genuina y profunda, que tenga como finalidad al menos disminuir las diferencias estructurales de la sociedad, comienzan a esfumarse, junto con los recursos económicos, y otra vez nos encuentra una situación en donde los problemas de la educación, la salud pública y el trabajo, no encuentran una solución efectiva.
La desgracia de nuestros políticos (no de la política en sí), es que crean una lamentable dependencia a las clases sociales más bajas. En épocas electorales el silencio y el voto se compran nada más que con una bolsa de alimentos y muchas promesas vanas.
En resumen, la sociedad en general, la “gente común”, es la que está pagando los costos de la actual política económica, y lo relativamente justo sería algo de genuina redistribución y oportunidad de pertenecer al selecto grupo de beneficiarios, aunque en cierta medida, por supuesto, no tengo nada en contra de ellos, sino que considero que el Gobierno, en este caso, es el principal responsable.
Voy a destacar dentro de esas implicancias, las económicas y sociales.
En primer lugar, todo aquel candidato que se precie como tal, debe tener conformada una estructura de relaciones y poder de considerable magnitud como para intentar pertenecer al grupo de los “tres con más chances”, para que la prensa lo tenga en cuenta y llegar a una cantidad mayor de potenciales electores. Debe tener, además, un detallado estudio de los sectores sociales y económicos del país como para poder actuar en consecuencia y no morir en el intento; es cierto, no se puede quedar bien con Dios y con el Diablo, pero ellos se las ingenian para hacerlo.
Teniendo en cuenta esto, analicemos un caso concreto: el comportamiento del actual Gobierno, que tiene como candidata a Cristina Fernández de K.
Le guste o no le guste, la recuperación de la actividad económica luego de la crisis de 2001/02, fue producto, principalmente, de las leyes económicas y no de la correcta o incorrecta intervención del Estado.
El proceso devaluatorio trae consigo en un primer momento altos costos asociados a los profundos cambios estructurales y de comportamiento de los agentes (para los economistas, la balanza en forma “J”). Luego, moderada intervención mediante, las variables micro y macroeconómicas comienzan a ajustase.
En los años subsiguientes, la mera razón nos diría, que ante la inminencia de una recuperación, fundamentalmente en ciertos sectores ligados a la exportación, y luego, mediante la vinculación y la interdependencia en las cadenas de producción, la economía argentina comenzaría a moverse. Como consecuencia de ello, la función principal del Gobierno, debería haber sido preparar el terreno (planificar) para que la población en su conjunto pueda verse beneficiada de tal recuperación.
El tiempo pasó; el dólar alto hace que seamos competitivos en el mundo, los precios internacionales para nuestros principales productos son favorables, y con ello, el superávit fiscal y comercial se incrementó llegando a valores record, y por ende, la recaudación del Estado, los salarios de los trabajadores “en blanco” se incrementaron por decreto (¿y los del resto?), pagamos la deuda con el FMI (pero emitimos más deuda para que nos la compre Chávez), en fin, parece que las cosas han marchado bien.
Pero lamento decepcionarlos. Como dice el dicho, “la mentira tiene patas cortas”. Pasaron tan sólo cuatro años, y hace ya algún tiempo que los síntomas del “cortoplacismo” se vienen sintiendo.
Los precios de los bienes básicos, como alimentos, vestimenta, educación y salud privada, alquileres de inmuebles, etc. etc., es decir, los que alcanzan al común de la gente, están en valores tan altos que hacen que cualquier tipo de incremento salarial deje tener efecto sobre el poder de compra, y además, dato tan importante como este, que deja latente la llamada “espiral salario-precio” y las posibles repercusiones sobre las expectativas inflacionarias.
Otra cuestión pasa por la paulatina reducción del superávit fiscal del Gobierno, otra de las claves que comienza a agotarse, debido principalmente a dos cuestiones: los gastos electorales (patético clientelismo y asistencialismo político) comienzan a aumentar de manera considerable, y el volumen de las importaciones, a causa de la falta de planificación de la crisis energética, siguen por el mismo camino de incremento.
Como consecuencia de ello, las prioridades para ir logrando una correcta redistribución de ingresos, es decir, de manera genuina y profunda, que tenga como finalidad al menos disminuir las diferencias estructurales de la sociedad, comienzan a esfumarse, junto con los recursos económicos, y otra vez nos encuentra una situación en donde los problemas de la educación, la salud pública y el trabajo, no encuentran una solución efectiva.
La desgracia de nuestros políticos (no de la política en sí), es que crean una lamentable dependencia a las clases sociales más bajas. En épocas electorales el silencio y el voto se compran nada más que con una bolsa de alimentos y muchas promesas vanas.
En resumen, la sociedad en general, la “gente común”, es la que está pagando los costos de la actual política económica, y lo relativamente justo sería algo de genuina redistribución y oportunidad de pertenecer al selecto grupo de beneficiarios, aunque en cierta medida, por supuesto, no tengo nada en contra de ellos, sino que considero que el Gobierno, en este caso, es el principal responsable.
