En el artículo anterior mencioné que el modelo actual en lo referido a la política económica es “productivista”; ahora bien, cómo se está comportando este modelo?
En primer lugar, debemos considerar la situación anterior a que dicho proceso comienza a gestarse, caracterizada, antes de la crisis de diciembre de 2001, por un alto endeudamiento público y privado, fundamentalmente en dólares, un moneda local apreciada, pero anclada al dólar por ley, por ende en un valor ficticio, irreal, y en un claro proceso de deterioro industrial y social, con la desocupación e índices de pobreza en alza.
Como es de esperar, luego de una devaluación, aunque lleva tiempo y esfuerzo reacomodar las variables macro, los sectores tradicionales e industriales ligados a la exportación vieron una vez más un horizonte próspero para el desarrollo de sus negocios. Por otro lado, el sector importador se vio en principio claramente afectado, ya que no resulta simple sustituir aquellos bienes utilizados en la producción de otros bienes y demás bienes finales, varios de ellos integrantes de la canasta básica.
Por otro lado, además de los damnificados por el corralito, corralón y la posterior pesificación de los depósitos en dólares, una vez más, la sociedad de clase media, media baja y baja, serán a los que les toque la menor porción de la torta.
Es necesario hacer la aclaración que este modelo parte de un punto muy bajo, es decir, luego de una crisis social, política y económica muy profunda. De todos modos, ello no justifica muchas acciones u omisiones del actual Gobierno, contradicciones, abusos de poder y falta de reglas claras, que hacen, que a más de cuatro años de gestión, haya prevalecido el pensamiento de recomponer pensando en cómo perpetuarse en el poder, y no en lo que tanto nos hace falta como país, y es pensar en el mediano y largo plazo.
A medida que la economía va regenerando redes de comercialización vinculando cadenas productivas y a los diversos actores que la integran, comienza a producirse lo que se denomina “efecto derrame”, desde aquellos sectores que se están viendo beneficiados hacia el resto de la economía. Para que esto tenga los resultados deseados, es necesaria la activa participación del Estado para mejorar la eficiencia de ese “derrame”, ya que cuenta con los instrumentos y el poder para hacerlo, mediante políticas tendientes a hacer más equitativos esos beneficios.
En parte ello ha sucedido, pero en mayor parte, no.
En primer lugar, el primer paso hacia una reconstrucción de estructuras desvastadas y pensando a futuro, es la EDUCACIÓN. No me animo a decir que este Gobierno haya tratado el tema con la seriedad que se merece, solo basta ver que en muchas ciudades y pueblos del país, las clases comenzaron muy posteriormente de lo que debían haberlo hecho, y que además, aún persisten los conflictos entre maestros, profesores, sindicatos y autoridades nacionales y provinciales que provocan que las clases se detengan, y como consecuencia, que los alumnos (nuestro futuro) no tengan clases.
En segundo lugar, es cierto que los indicadores sociales muestran una mejoría respecto de la época de la crisis, es decir, la desocupación ha bajado, al igual que la pobreza, pero no hay que detenerse solo en cifras (bastantes cuestionadas por cierto) sino que hay que indagar más profundamente, ya que una parte de los “ocupados” se refiere a aquellos que reciben planes sociales, cartoneros, y además, una proporción importante de los mismos se encuentra exento de los beneficios de la seguridad social, obra social, vacaciones, aguinaldo, etc. etc.
El problema energético es otro termómetro que señala la ausencia de planificación a plazos mayores de “cuatro años”, y que está marcando algunas contradicciones en torno a la actual política económica.
Dos consideraciones finales; la primera de ellas está relacionada con la necesidad urgente de concretar inversiones, tanto nacionales como extranjeras. Esto es vital para el mantenimiento del modelo por dos razones: muchas de las industrias nacionales han llegado al límite de su capacidad instalada, es decir, necesitan poder expandirse para incrementar su producción con el objetivo de satisfacer la creciente demanda interna y externa, además de que la protección natural contra bienes importados gracias al dólar a 3 pesos no puede mantenerse indefinidamente, y pronto tendrán que salir nuevamente a competir con bienes de todo el mundo, y hay que estar preparado con estructuras sólidas, buenos precios y calidad. Pero en la medida que Kirchner siga haciendo las declaraciones que hace y actuando de la manera que lo hace, las inversiones en vez de llegar comenzarán a irse.
La segunda consideración tiene que ver con la distribución del ingreso. En este sentido, el actual modelo, además de “productivista” está siendo poco equitativo, no por el modelo en sí, sino fundamentalmente por la ausencia de políticas tendientes a lograr la redistribución de ingresos procedentes del “derrame”. Un tipo de cambio competitivo es condición necesaria para mantener superávit fiscal y comercial, pero la contrapartida es un incremento de costos que se traduce en aumentos de precios. Los sindicatos pelean y obtienen incrementos salariales para sus afiliados; dado que no son aumentos ligados a productividad, sino a decretos, los empresarios lo perciben como mayores costos que luego traducen a sus precios. La espiral continúa mientras los precios y la brecha entre ricos y pobres aumenta a un ritmo casi vertiginoso.
Estas son solo algunas consecuencias de no haber hecho las cosas desde el inicio como corresponden, es decir, pensando en el bienestar presente y futuro de toda la sociedad.
En primer lugar, debemos considerar la situación anterior a que dicho proceso comienza a gestarse, caracterizada, antes de la crisis de diciembre de 2001, por un alto endeudamiento público y privado, fundamentalmente en dólares, un moneda local apreciada, pero anclada al dólar por ley, por ende en un valor ficticio, irreal, y en un claro proceso de deterioro industrial y social, con la desocupación e índices de pobreza en alza.
Como es de esperar, luego de una devaluación, aunque lleva tiempo y esfuerzo reacomodar las variables macro, los sectores tradicionales e industriales ligados a la exportación vieron una vez más un horizonte próspero para el desarrollo de sus negocios. Por otro lado, el sector importador se vio en principio claramente afectado, ya que no resulta simple sustituir aquellos bienes utilizados en la producción de otros bienes y demás bienes finales, varios de ellos integrantes de la canasta básica.
Por otro lado, además de los damnificados por el corralito, corralón y la posterior pesificación de los depósitos en dólares, una vez más, la sociedad de clase media, media baja y baja, serán a los que les toque la menor porción de la torta.
Es necesario hacer la aclaración que este modelo parte de un punto muy bajo, es decir, luego de una crisis social, política y económica muy profunda. De todos modos, ello no justifica muchas acciones u omisiones del actual Gobierno, contradicciones, abusos de poder y falta de reglas claras, que hacen, que a más de cuatro años de gestión, haya prevalecido el pensamiento de recomponer pensando en cómo perpetuarse en el poder, y no en lo que tanto nos hace falta como país, y es pensar en el mediano y largo plazo.
A medida que la economía va regenerando redes de comercialización vinculando cadenas productivas y a los diversos actores que la integran, comienza a producirse lo que se denomina “efecto derrame”, desde aquellos sectores que se están viendo beneficiados hacia el resto de la economía. Para que esto tenga los resultados deseados, es necesaria la activa participación del Estado para mejorar la eficiencia de ese “derrame”, ya que cuenta con los instrumentos y el poder para hacerlo, mediante políticas tendientes a hacer más equitativos esos beneficios.
En parte ello ha sucedido, pero en mayor parte, no.
En primer lugar, el primer paso hacia una reconstrucción de estructuras desvastadas y pensando a futuro, es la EDUCACIÓN. No me animo a decir que este Gobierno haya tratado el tema con la seriedad que se merece, solo basta ver que en muchas ciudades y pueblos del país, las clases comenzaron muy posteriormente de lo que debían haberlo hecho, y que además, aún persisten los conflictos entre maestros, profesores, sindicatos y autoridades nacionales y provinciales que provocan que las clases se detengan, y como consecuencia, que los alumnos (nuestro futuro) no tengan clases.
En segundo lugar, es cierto que los indicadores sociales muestran una mejoría respecto de la época de la crisis, es decir, la desocupación ha bajado, al igual que la pobreza, pero no hay que detenerse solo en cifras (bastantes cuestionadas por cierto) sino que hay que indagar más profundamente, ya que una parte de los “ocupados” se refiere a aquellos que reciben planes sociales, cartoneros, y además, una proporción importante de los mismos se encuentra exento de los beneficios de la seguridad social, obra social, vacaciones, aguinaldo, etc. etc.
El problema energético es otro termómetro que señala la ausencia de planificación a plazos mayores de “cuatro años”, y que está marcando algunas contradicciones en torno a la actual política económica.
Dos consideraciones finales; la primera de ellas está relacionada con la necesidad urgente de concretar inversiones, tanto nacionales como extranjeras. Esto es vital para el mantenimiento del modelo por dos razones: muchas de las industrias nacionales han llegado al límite de su capacidad instalada, es decir, necesitan poder expandirse para incrementar su producción con el objetivo de satisfacer la creciente demanda interna y externa, además de que la protección natural contra bienes importados gracias al dólar a 3 pesos no puede mantenerse indefinidamente, y pronto tendrán que salir nuevamente a competir con bienes de todo el mundo, y hay que estar preparado con estructuras sólidas, buenos precios y calidad. Pero en la medida que Kirchner siga haciendo las declaraciones que hace y actuando de la manera que lo hace, las inversiones en vez de llegar comenzarán a irse.
La segunda consideración tiene que ver con la distribución del ingreso. En este sentido, el actual modelo, además de “productivista” está siendo poco equitativo, no por el modelo en sí, sino fundamentalmente por la ausencia de políticas tendientes a lograr la redistribución de ingresos procedentes del “derrame”. Un tipo de cambio competitivo es condición necesaria para mantener superávit fiscal y comercial, pero la contrapartida es un incremento de costos que se traduce en aumentos de precios. Los sindicatos pelean y obtienen incrementos salariales para sus afiliados; dado que no son aumentos ligados a productividad, sino a decretos, los empresarios lo perciben como mayores costos que luego traducen a sus precios. La espiral continúa mientras los precios y la brecha entre ricos y pobres aumenta a un ritmo casi vertiginoso.
Estas son solo algunas consecuencias de no haber hecho las cosas desde el inicio como corresponden, es decir, pensando en el bienestar presente y futuro de toda la sociedad.
