Hace algunas semanas atrás tuvo lugar un ciclo de conferencias organizado por la Asociación Empresaria Argentina (AEA), en donde los principales oradores fueron el economista norteamericano y Premio Nóbel, Joseph Stiglitz, el ex Presidente del Banco Central, Mario Blejer, y un ex Director Ejecutivo del FMI, Ricardo Arriazu.
Los temas principales fueron dos: la Argentina, el largo plazo y su inserción en el mundo, y el rol que debería cumplir el empresariado local e internacional en las cuestiones sociales.
Aunque esta nota pretende explayarse sobre esta última cuestión, claramente hay una estrecha relación entre estos dos temas.
En primer lugar, que a los empresarios argentinos los desvele y preocupe las cuestiones relacionadas con el largo plazo, es una buena señal. Pero que estén planteándose la manera de comprometerse con los aspectos sociales, es mejor aún.
Respecto de la primera cuestión, hubo opiniones encontradas entre Blejer, optimista sobre el futuro de la actual situación económica interna e internacional, y Arriazu, que sostiene que las favorables condiciones externas podrían deteriorarse en el corto o mediano plazo debido a los ajustes que tendría que realizar Estados Unidos para reacomodarse y eso se trasladaría a la economía mundial.
Por otro lado, que los empresarios se planteen el destino de la Argentina a largo plazo, obedece a una sola cuestión: la incertidumbre, tanto interna como externa.
La externa escapa a su esfera de acción directa, solo hay que prestar atención y predecir lo más correctamente posible los cambios que puedan avecinarse; la interna solo será mejor amortiguada si los principales actores de la economía se muestran dispuestos a dialogar coherentemente, marcando necesidades y estableciendo prioridades.
En este sentido, la promoción de inversiones locales e internacionales es fundamental para desarrollar y fortalecer las estructuras productivas nacionales, y para ello, una de las condiciones más importantes es la seguridad jurídica, es decir, el respeto de los contratos, práctica inusual últimamente en algunos países latinoamericanos.
Retomando el tema de la responsabilidad empresaria, es innegable que buena parte de ellos ha sido, y sigue siendo, cuestionada por diversos sectores. Principalmente me refiero a aquellos privados y privados-públicos que están más ligados al poder político, destinatarios de las grandes concesiones y licitaciones, de cifras millonarias, de pautas, y cumplimiento de pautas, dudosas, y que en definitiva son los que tienen el poder de negociación con el Gobierno de turno y sindicatos.
Aunque, a priori, y sin generalizar, puede extenderse esta crítica a aquellos pequeños y medianos empresarios que en el colapso de diciembre de 2001, racionalmente, disminuyeron su planta de personal o los salarios de los mismos, y a más de cinco años, y en franca recuperación, todavía no han indexado los sueldos pagados.
De todos modos, esta cuestión es extremadamente más profunda y no se limita solo a la cuestión salarial; por ello la importancia del planteo actual de los empresarios en torno al papel que pueden desempeñar, no solo en su influencia sobre la economía, sino también sobre las condiciones de los trabajadores y la sociedad en general.
En este sentido, son tres los actores principales que deben articular sus fuerzas: el Gobierno, los sindicatos y los empresarios.
Estos últimos, son los empleadores, los dueños del capital físico, los que perciben las ganancias pero que también asumen los riesgos en sus decisiones de producción e inversión. Los sindicatos, que lejos están de cumplir su función principal de proteger los intereses de todos los trabajadores mediando en conflictos laborales, luchan por aumentos nominales de salarios, muy dispares, dependiendo el poder de cada sector, que claramente benefician más a ellos que a nadie, mientras que el tercer actor, o sea, el Gobierno, que debería desempeñar una función de coordinación entre ambos, lleva adelante una política económica cortoplacista que licua progresivamente esa suba lograda por los sindicatos, debido a la inflación, para la cual no ha implementado medidas efectivas, sino frágiles controles de precios (ojo, que no se piense que no existen medidas efectivas, solo que el Gobierno no las utiliza porque no sería consistente con este otro modelo de acumulación para unos pocos; si... igual que en la década pasada, y que tanto se empeña en criticar). Esto señala la falta de coordinación y los fuertes intereses particulares que están en juego.
Sería muy necio culpar solo a alguno de estos actores por la precariedad de muchas de las condiciones actuales de los puestos de trabajo, que de acuerdo al último informe del INDEC, el 41,6% de los trabajadores asalariados en relación de dependencia está en negro, es decir, está fuera de todos los beneficios de la seguridad social, obra social, vacaciones pagas, aguinaldo, etc.; la responsabilidad es compartida, incluso hasta por los propios trabajadores.
En torno a esta cuestión, el tema principal que han puesto sobre la mesa los empresarios y el Gobierno, es el acertado, cosa que no ha pasado, y que yo recuerde, nunca, por parte de los sindicatos, y es: la educación. Para la toma de decisiones, no hay que tener en cuenta principalmente las consecuencias, sino las causas que originan el problema.
La educación es uno de los pilares fundamentales de toda sociedad, y que lamentablemente en la nuestra está demasiado devaluada, y este el momento para tratar de recomponer tal situación que no solo es un problema para el presente sino también, con mayor intensidad, lo será para el futuro. Argentina debe lograr que su crecimiento sea sostenido en el tiempo, y en las circunstancias actuales, solo se logra con mayor inversión en capital físico y humano. Físico, para que las empresas puedan hacer frente a una demanda interna y externa creciente, pero mediante la producción local, no a través de importaciones; y humano, para que los trabajadores se adapten a los cambios permanentes en la ciencia y tecnología, es decir, aumenten progresivamente su productividad, y por supuesto, es más que necesario avanzar en el desarrollo de un sistema educativo con bases y estructuras sólidas, capaces de regenerar la situación de millones de personas sumidas en la falta de educación, y por ende, excluidas del dinamismo de este sistema.
El grupo de los ocho países más poderosos de planeta (G8) plantea en sus reuniones que tiene como objetivo fundamental disminuir el hambre y la pobreza en países como África, pero no hay acciones concretas, es decir, “a las palabras se las lleva el viento”. Solo espero que a los empresarios de Argentina, que están disfrutando de un período de bonanza, en parte gracias a su capacidad empresaria pero también a que el resto de los argentinos estamos financiando este modelo, tengan la capacidad de reflexionar que el largo plazo no solo es económico, sino que también es social.
Los temas principales fueron dos: la Argentina, el largo plazo y su inserción en el mundo, y el rol que debería cumplir el empresariado local e internacional en las cuestiones sociales.
Aunque esta nota pretende explayarse sobre esta última cuestión, claramente hay una estrecha relación entre estos dos temas.
En primer lugar, que a los empresarios argentinos los desvele y preocupe las cuestiones relacionadas con el largo plazo, es una buena señal. Pero que estén planteándose la manera de comprometerse con los aspectos sociales, es mejor aún.
Respecto de la primera cuestión, hubo opiniones encontradas entre Blejer, optimista sobre el futuro de la actual situación económica interna e internacional, y Arriazu, que sostiene que las favorables condiciones externas podrían deteriorarse en el corto o mediano plazo debido a los ajustes que tendría que realizar Estados Unidos para reacomodarse y eso se trasladaría a la economía mundial.
Por otro lado, que los empresarios se planteen el destino de la Argentina a largo plazo, obedece a una sola cuestión: la incertidumbre, tanto interna como externa.
La externa escapa a su esfera de acción directa, solo hay que prestar atención y predecir lo más correctamente posible los cambios que puedan avecinarse; la interna solo será mejor amortiguada si los principales actores de la economía se muestran dispuestos a dialogar coherentemente, marcando necesidades y estableciendo prioridades.
En este sentido, la promoción de inversiones locales e internacionales es fundamental para desarrollar y fortalecer las estructuras productivas nacionales, y para ello, una de las condiciones más importantes es la seguridad jurídica, es decir, el respeto de los contratos, práctica inusual últimamente en algunos países latinoamericanos.
Retomando el tema de la responsabilidad empresaria, es innegable que buena parte de ellos ha sido, y sigue siendo, cuestionada por diversos sectores. Principalmente me refiero a aquellos privados y privados-públicos que están más ligados al poder político, destinatarios de las grandes concesiones y licitaciones, de cifras millonarias, de pautas, y cumplimiento de pautas, dudosas, y que en definitiva son los que tienen el poder de negociación con el Gobierno de turno y sindicatos.
Aunque, a priori, y sin generalizar, puede extenderse esta crítica a aquellos pequeños y medianos empresarios que en el colapso de diciembre de 2001, racionalmente, disminuyeron su planta de personal o los salarios de los mismos, y a más de cinco años, y en franca recuperación, todavía no han indexado los sueldos pagados.
De todos modos, esta cuestión es extremadamente más profunda y no se limita solo a la cuestión salarial; por ello la importancia del planteo actual de los empresarios en torno al papel que pueden desempeñar, no solo en su influencia sobre la economía, sino también sobre las condiciones de los trabajadores y la sociedad en general.
En este sentido, son tres los actores principales que deben articular sus fuerzas: el Gobierno, los sindicatos y los empresarios.
Estos últimos, son los empleadores, los dueños del capital físico, los que perciben las ganancias pero que también asumen los riesgos en sus decisiones de producción e inversión. Los sindicatos, que lejos están de cumplir su función principal de proteger los intereses de todos los trabajadores mediando en conflictos laborales, luchan por aumentos nominales de salarios, muy dispares, dependiendo el poder de cada sector, que claramente benefician más a ellos que a nadie, mientras que el tercer actor, o sea, el Gobierno, que debería desempeñar una función de coordinación entre ambos, lleva adelante una política económica cortoplacista que licua progresivamente esa suba lograda por los sindicatos, debido a la inflación, para la cual no ha implementado medidas efectivas, sino frágiles controles de precios (ojo, que no se piense que no existen medidas efectivas, solo que el Gobierno no las utiliza porque no sería consistente con este otro modelo de acumulación para unos pocos; si... igual que en la década pasada, y que tanto se empeña en criticar). Esto señala la falta de coordinación y los fuertes intereses particulares que están en juego.
Sería muy necio culpar solo a alguno de estos actores por la precariedad de muchas de las condiciones actuales de los puestos de trabajo, que de acuerdo al último informe del INDEC, el 41,6% de los trabajadores asalariados en relación de dependencia está en negro, es decir, está fuera de todos los beneficios de la seguridad social, obra social, vacaciones pagas, aguinaldo, etc.; la responsabilidad es compartida, incluso hasta por los propios trabajadores.
En torno a esta cuestión, el tema principal que han puesto sobre la mesa los empresarios y el Gobierno, es el acertado, cosa que no ha pasado, y que yo recuerde, nunca, por parte de los sindicatos, y es: la educación. Para la toma de decisiones, no hay que tener en cuenta principalmente las consecuencias, sino las causas que originan el problema.
La educación es uno de los pilares fundamentales de toda sociedad, y que lamentablemente en la nuestra está demasiado devaluada, y este el momento para tratar de recomponer tal situación que no solo es un problema para el presente sino también, con mayor intensidad, lo será para el futuro. Argentina debe lograr que su crecimiento sea sostenido en el tiempo, y en las circunstancias actuales, solo se logra con mayor inversión en capital físico y humano. Físico, para que las empresas puedan hacer frente a una demanda interna y externa creciente, pero mediante la producción local, no a través de importaciones; y humano, para que los trabajadores se adapten a los cambios permanentes en la ciencia y tecnología, es decir, aumenten progresivamente su productividad, y por supuesto, es más que necesario avanzar en el desarrollo de un sistema educativo con bases y estructuras sólidas, capaces de regenerar la situación de millones de personas sumidas en la falta de educación, y por ende, excluidas del dinamismo de este sistema.
El grupo de los ocho países más poderosos de planeta (G8) plantea en sus reuniones que tiene como objetivo fundamental disminuir el hambre y la pobreza en países como África, pero no hay acciones concretas, es decir, “a las palabras se las lleva el viento”. Solo espero que a los empresarios de Argentina, que están disfrutando de un período de bonanza, en parte gracias a su capacidad empresaria pero también a que el resto de los argentinos estamos financiando este modelo, tengan la capacidad de reflexionar que el largo plazo no solo es económico, sino que también es social.

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